jueves 17 de diciembre de 2009

La cola del super

La cola del super

¿Quién no odia las colas del supermercado, las de pagar una factura, cualquier lugar donde uno tenga que estarse quieto esperando? Hasta que te das cuenta de que es un buen lugar para practicar.

Tengo dos opciones:

Samasthiti de yoga, o sea, “simplemente” estar parado. Controlar los cuatro apoyos en los pies, que el dedo gordo apunte bien hacia adelante, que las caderas estén equilibradas, que no se vuelquen hacia adelante ni hacia atrás (ni sacar ni meter cola), que los hombros bajen, que la coronilla empuje hacia el cielo, que la mirada apunte hacia adelante y que la respiración fluya. Y estar relajado.

Otra opción, un poco más dinámica, es practicar una variante de la meditación caminando, tal como la vi en un dojo zen. Allí caminaban avanzando medio pie en cada paso y lo hacían en cada respiración: en la espiración se adelanta esos 20 cm. La concentración es en el pie que avanza, sobre el cual se apoya el cuerpo. La diferencia es que en la cola del super no avanzo, excepto que el carrito de adelante lo haga. Me quedo quieto y cada vez que espiro cambio el apoyo hacia uno de los pies y sostengo ese apoyo y la conciencia ahi hasta que termine la espiración. Luego cuando inspiro voy corriendo el apoyo de un pie hacia otro y mantengo la conciencia en ese movimiento lento. Se puede practicar también mientras esperamos que cambie el semáforo, en lugares donde esperamos que nos toque el turno, mientras esperamos el ómnibus…

domingo 22 de noviembre de 2009

gerente de sí mismo

Exagerando un poco: el discurso político contemporáneo define la libertad como el imperativo de asumir la gerencia de la propia vida y maximizar el capital humano; en forma ciertamente innovadora, móvil, flexible, abierta, eficiente y profesional, pero también cooperativa. O para usar la expresión del sociólogo Ulrich Bröcling, quien le ha dedicado a esta libertad nuestra, domesticada por la economía, un refrescante estudio crítico (Das unternehmerische Selbst, Editorial Suhrkamp): quien no desee vegetar como un simple supervisor en el supermercado de la vida, debe promocionarse ante los demás como "empresario de sí mismo". La "gerencia de la propia vida concluye sólo con la muerte". El hombre ha nacido para el mercado, y es el mercado lo que sellará su destino.

No es díficil adivinar como encaja este diagnóstico de nuestro tiempo en la gran demanda que existe de explicaciones últimas de orden biológico. Desde una perspectiva psicologico-social, las ciencias naturales brindan reservas consolatorias a una sociedad en la que los mecanismos del mercado interfieren crecientemente en la conducción de la propia vida; reducen el estrés de ser un "gerente de sí mismo", nos libran de la angustia y el sentido de culpa, de lo reproches hacia nosotros mismos y de la melancolìa fruto de la reflexión ¿No es reconfortante saber, cuando se fracasa, que desde el punto de vista cerebral somos seres libres que en realidad no lo son y que de todas formas no habríamos podido triunfar; que no tenemos por qué sentir remordimientos, ya que la conciencia es un mecanismo evolutivamente caduco? Los estudios del cerebro, al menos en su versión popular, nos estarían extendiendo, pues, una carta absolutoria de primera clase: las ideas y los sentimientos no son más que moléculas; las decisiones no han sido tomadas por el Yo sino por el sistema límbico.

Thomas Assheuer
¡Yo no fui! Los neurocientíficos sugieren que no existe ni la culpa individual ni la libertad.
Revista Humboldt nro. 149 - año 2008

miércoles 18 de noviembre de 2009

auriculares y rituales

Solemos pensar en los rituales en sentido negativo. Usamos la palabra ritualismo para describir una actitud mecánica e hiperestructurada de realizar determinadas actividades, especialmente las que tienen que ver con la religión o los aspectos importantes de la vida. Freud ha escrito sobre la relación entre las prácticas obsesivas y los rituales.

En la película Sabiduría Garantizada, uno se sorprende de la cantidad y detalle de actos ceremoniosos de los monjes japoneses, que abarcan desde la manera en que se acomoda el calzado hasta como se desdobla la servilleta o se acomodan los palillos del arroz. La sensación que yo tuve es que el ritual era todo lo contrario de algo automático y formal, estaba al servicio de la atención y del trabajo de estar presente

Pensaba en esto cuando iba a ponerme los auriculares para escuchar mi mp3. Ellos, con su compulsión a enredarse, me obligan a una atención que me molesta. Si al guardarlos o utilizarlos pongo cuidado en esos dos cositos negros, el acto concentrado, lento y no automático de desenredar y colocar en cada oreja se transforma en un pequeño ritual de atención plena, de permanecer en el momento presente.

sábado 14 de noviembre de 2009

ampollas

En cierta ocasión definí la civilización con el símil de un botiquín que carga a la espalda el mono desnudo, tan pesado que le causa ampollas en los pies, obligándole a utilizarlo.

Desmond Morris
La naturaleza de la felicidad

jueves 5 de noviembre de 2009

Ciclos

Ciclos

Hace unos días escuche que Si uno no crece, decrece. En el mundo de las empresas, Crecer es la ley: mejorar los resultados, abrir nuevas sucursales, expandir el mercado, incoporar nuevas líneas. Crecer es signo de salud. El que no crece está mal. Y esa ley escrita en nuestras mentes gobierna nuestras acciones: crecimiento muscular en el gimnasio, crecimiento en la cantidad de kilómetros que hacemos en la bicicleta, en la lejanía de los lugares a los que nos vamos de vacaciones. No es lo mismo irnos a Gesell que a Buzios, que al Caribe que a Grecia.
Pero la vida tiene otras leyes. Crecer indefinidamente es algo enfermo como la acromegalia. La vida, crece, decrece, nace, muere. En la vida rigen las leyes de los ciclos y aunque creamos que nosotros dominamos a la naturaleza, y querríamos dominarla hasta el punto de que no haya nada negativo: ni enfermedad, ni tormentas, ni demasiado invierno ni verano (para eso están los aires acondicionados frío – calor) y quizá ni sueño ni cansancio, ahí está la vida, nuestro cuerpo, si lo escuchamos, para decirnos que no es así.

Hay momentos para crecer. Hay momentos para ordenarse. Hay momentos para quedarse quieto y escuchar, hay momentos para guardarse como los osos en el invierno. Esto vale para la vida de las empresas, de las familias, nuestra vida personal. Tengo un amigo que es trabajólico grave. Y cuando llegan las vacaciones, hace con su familia y sus hijos chiquitos rallys de cinco mil kilómetros, visitando lugares hermosos, manejando siete, ocho, diez horas por día. Hasta cuando te lo cuenta cansa: “yo quería estar a la noche en Villegas, porque entonces al otro día ya podía estar llegando a Tucumán...”

jueves 13 de agosto de 2009

hombre de fin de semana

La próxima vez que charlemos por teléfono o tomemos café juntos le voy a agradecer el artículo y le voy a decir que me hizo pensar en el futuro. Como hombre de fin de semana que es, a Bert le encantará escuchar esto. Ustedes se preguntarán que es un hombre de fin de semana. Un hombre de fin de semana es una persona que abandona el presente para dar preferencia al pasado o al futuro. Le interesa mucho más lo que pasó veinte años atrás o lo que pasará la semana que viene, que lo que le está pasando ahora. A la mayoría de nosotros no nos ocurren cosas extraordinarias todos los días. Hay que admitirlo. A menos que seamos pilotos de prueba o estrellas de cine, es probable que mañana la mayoría nos despertemos a la misma chatura común de nuestras vidas. Seguramente es mejor que pelear para echar a un tigre de colmillos afilados de la puerta de una cueva. Pero nosotros, los hombres de fin de semana, nunca soportamos esto solos. Por empezar, buscamos evasiones. Una evasión es algo que nos saca del presente cotidiano. A veces nos evadimos hacia nuestro pasado; esto ocure más a menudo cuando nos volvemos viejos. Yo tengo sólo treinta años pero en un día corriente de mi vida agito la cabeza diez veces para no hundirme en mi propio pasado. Evadirse hacia el pasado no sería tan malo si no trajera aparejada la nostalgia. Pero por supuesto la trae, y un caso grave de nostalgia puede a menudo dejar a una persona peor de lo que estaba.
También es posible evadirse hacia el futuro. o sea, esperar ansiosamente algo que le va a suceder a uno el viernes a la noche, o el próximo ventitrés de julio. Esto estaría bien si no fuera porque nunca suceden las cosas del modo que uno las imagina. De hecho, lo más posible es que se conviertan en una desilusión. capaz de hundir a la persona en la desesperación. El hombre de fin de semana no aprende a convivir con las grandes ironías. Seguirá mirando hacia atrás y afligiéndose con una dolorosa sensación de continuo disgusto. ¿Qué hacer? Bueno, uno tiene que arreglárselas solo. En mi caso, ando a la deriva, esperando que la vida diaria me brinde algunas evasiones inofensivas. La mayoría de las veces, castañeteo los dientes y sigo, simplemente.

El hombre de fin de semana.


Richard Wright

jueves 16 de abril de 2009

Éxito

Y la división más clara de la ciudad no era entre ricos y pobres. Incluso, con tanto teléfono y vitrina, todos me parecían un poco ricos. La ciudad me recordaba ahroa esas descripciones de los libros de historia que hablaban de los diversos estados: la nobleza, el clero y los artesanos. Sólo que ahora habia una extraña nobleza que aparecía por todas partes -las páginas de vida social, los noticieros políticos, los programas de televisión-, que opinaba sobre todo, y todas esas opiniones se referían siempre a los mismo. el éxito.

Herman Schwember
Yo, pecador...