Ayer, como cada tanto, me desperté a las cuatro de la mañana totalmente lúcido y sin ganas de seguir en la cama, así que me levanté, preparé termo y mate y me fui para la playa a ver el amanecer.
Empecé a pensar en la gente que tiene mucho, no, muchísimo dinero, los top ten de la revista Forbes. ¿Qué le hace un millón más a Gates o a ese mexicano que ahora le ganó el primer puesto en el ranking? ¿Qué significa el dinero que no puede transformarse en nada tangible? "Señor hemos comprado los pozos petroleros de tal lado, la empresa de telecomunicaciones de tal otro y vendido tal puntocom..." Cosas que sólo serán números en planillas porque a estos señores tener la mitad de lo que tienen no les cambiaría en nada la vida práctica, no tendrían menos comodidad, menos placer, menos seguridad... en fin, lo único que cambia - me parece a mí, sentado ahí en la arena húmeda- es el lugar que ocupan en el ranking.
Pensaba eso cuando pasaron delante mío dos hombres con todo el aspecto de haber dormido a la intemperie. No eran el tradicional linyera alienado sino ese nuevo género de personas sin casa que la modernidad del 90 nos acostumbró a mirar en Argentina. Venían caminando, charlando, despreocupados. Imaginé que iban a la pesca de algún desayuno, quizá en los restos de algún bar a la calle, en la generosidad de alguien, no se.
Ellos seguro que no ocupan ningún lugar en el ranking, pero ¿son más infelices? pensé yo que ahí sentado, con mi mate, mi bombilla me parezco un poco a estos homeless trashumantes y por mi desvelo a los top de la revista Forbes.